Después de un par de días en Lima, en los que Ana y Eva han tenido una
jartá de visitas y reuniones, y las dos chicas y yo hemos aprovechado para ver
mercados, pasear, llevar la ropa a una lavandería (que verdadera falta le
hacía), ver algunas cosillas de los juegos olímpicos, etc. llega el momento de
empezar el periplo selvático: La Amazonía.
Hoy hemos batido todos los record de tiempo desde el traslado del hotel
al aeropuerto. Normalmente tardamos entre 40 y cincuenta minutos, y esta mañana
lo hemos realizado en la mitad de tiempo, un poco más de veinte minutejos. Se
ve que alguien muy importante estaba haciendo el mismo trayecto que nosotros,
iba detrás de nosotros y eso ha hecho que nos hayamos encontrado todos los
semáforos en ámbar y en cada uno de los cruces al menos un policía dándonos
prisa para pasar. Rápido, rápido, te hacían señales gesticulando con las manos.
Perfect. Vuelo cortito de una hora y
algo a Tarapoto.
Bajarnos del avión, salir de la terminal y sentir un golpetazo de
sofoco es todo uno. Del fresquito de Lima al calor de la selva. En realidad no
hace tanto calor, al menos para un sevillano, apenas son una treintena de
grados; es la humedad bestial que te empapa al menor esfuerzo. Como cuando
entras en una de esas saunas que hay en los spas de algunos hoteles y parece
que el vapor te da una bofetá.
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Legando a Tarapoto |
Nos espera una “van” que nos
ha de trasladar a nuestro siguiente destino: Chachapoyas (sin premio, dejémonos
de coña, que esto lo coge el
escatológico del Carlitos Herrera y te monta un número de padre y señor mío).
El trayecto es de apenas 360 kilómetros, como de Huelva a Granada, pero se
tardan al menos ocho horas en recorrerlos. Cuando me dice nuestro chofer que
serán ocho horitas, no me lo creo, ¿Cómo leches vamos a tardar ocho horas? ¿Es
que vamos a ir a velocidad de tortuga? La van
es minúscula y entre nosotros y las maletas va a tope, sin el menor espacio
libre para estirar un poco las piernas. Yo me siento delante con el conductor y
en vista de que vamos a estar muchas horas juntos codo con codo, intento en
repetidas ocasiones establecer una mínima conversación con el colega, pero lo
único que le saco son monosílabos. Le preguntase lo que le preguntase, me
contesta con un escueto monosílabo: sí o no y eso es lo que hay.
No estoy muy seguro de si este tío me entiende o no, tengo la mosca
detrás de la oreja y me estoy mosqueando.
En algún momento dado me huele que me contesta al tuntún y estoy pero
que muy tentado de hacerle una pregunta trampa del tipo “¿usted cree que realmente a Newton le cayó una manzana en la testa y a
partir del porrazo recibido se le encendió la chispa y dedujo la ley de
gravedad, o más bien piensa que eso es un bulo bienintencionado propagado por
las hordas masónicas?” a ver por dónde sale, pero no me atrevo, no vaya a
ser que se me ponga fiera y me monte un número.
El buen hombre ha puesto en el UBS de la van un pen donde acumula miles
de cumbias, y hacemos todo el trayecto envueltos en esa música de letras
pasionales, amores prohibidos y tormentosos y cuchilladas sentimentales. Cuando
me bajo en Chachapoyas estoy de cumbias hasta los coyuntus neus pero, inconscientemente, se me ha metido el gusanillo
en la barriga y me bajo de la van
dando pasitos de baile hasta que mi mujer me mira con carita de asombro y un
rubor pecaminoso me colorea las mejillas. Menos mal que las letras son en español,
y disfruto con esas historias truculentas de amores desgarradores, celos
patógenos y reconciliaciones imposibles. Este viaje lo hace Marcial Lafuente
Estefanía, y con las letras de las canciones tiene argumentos para otras cien
novelas.
A la vuelta, con el mismo conductor y temiendo otra sesión de cumbias,
utilicé el subterfugio de que mi mujer tenía que cargar el móvil y le jodí el
invento al monopolizar la única entrada UBS de la van. ¡Qué tranquilidad de viaje sin tanta cumbia por medio!
El viaje es sencillamente precioso y lo disfruté de lo lindo. Yo tengo
esa facilidad para sacarle partida a todos los viajes, que se le va a hacer; me
encanta observar el paisaje. Los primeros cien kilómetros son relativamente
llanos, de tierras semicultivadas donde abundan plataneros, cocoquetos y
arrozales. Los arcenes de la carretera están llenos de casitas bajas rodeadas de frutales y donde,
invariablemente, en la puerta de cada una de esas construcciones hay un par de
mujeres que tejen o cosen y hacen de guardianas de grandes lonas tendidas en el
suelo donde se secan granos de café o cacao. Si son jóvenes no hacen ni una
cosa ni la otra; se dedican a hablar por teléfono como cualquier joven en
cualquier lugar del mundo.
Luego empieza una zona selvática de naturaleza apabullante y orografía
un poquito peliaguda, plagada de subidas y bajadas con curvas imposibles. La
carretera está muy bien y en las curvas se amplía. Aun así, en una de ellas, un
camión tráiler cargado con enormes troncos de madera que nos encontramos de
frente nos mandó por derecho a la cuneta, y ni se inmutó el cabronazo del
conductor que siguió como si tal cosa. A mí, que lo vi prácticamente encima, no
me dio un infarto de puro milagro, pero el tembleque en las piernas me duró un
buen rato.
Aquí las casas ralean. De vez en cuando una señal en la carretera que
pone “Zona urbana” nos indica que, un par de curvas más adelante, nos
encontraremos con dos o tres casitas con
techo de chapa, algunos perros que nos ladrarán al pasar, mujeres y niños y, un
poco más apartado, entre el escaso margen que hay entre el asfalto de la
carretera y la selva, un guarro comiendo o dormitando plácidamente amarrado por
una pata a una estaca. Lo que no faltan son hombres machete en mano. Los ves andando por el arcén
en medio de la nada o saliendo de la selva por alguna trocha con un racimo de
plátanos al hombro; también algunos niños cuidando de una solitaria vaca en
pequeños huecos que deja la feraz selva, tan pequeñajos que al andar, el
machete que llevan va rozando el suelo soltando chispitas. Muchos motocarros
conducidos por chavalines cargados de mujeres, plátanos, cocos o cualquier otro
tipo de fruta.
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La selva al fondo |
Muchos pueblecitos, muchos almacenes y muchos camiones, pero sobre todo
muchos motocarros. La carretera aquí es rectilínea, con rectas interminables
pero llenas de enormes y altos “rompemuelles” (badenes para nosotros)
de cemento que ralentizan enormemente la circulación en un constante acelero,
me paro, acelero, me paro... Observo estupefacto que la existencia de rayas
continuas o discontinuas en el asfalto es meramente ornamental, ya que nadie le
hace el más mínimo caso y, lo que ya me deja alucinado, tampoco se le hace caso
a las motos, bicis o motocarros que te encuentras en el camino. Que te
encuentras un vehículo más pequeño que el tuyo delante de ti, pues le pitas
para para que se aparte por la cuenta que le tiene; que lo ves venir de frente
y tú en ese momento vas a adelantar, pues adelantas como si no viniese nadie y
el otro que espabile. La ley del más fuerte, simple y llanamente.
A los autobuses y camiones se les adelanta en los rompemuelles, al
tener ellos que transitarlos más lento que tú; si por casualidad en ese momento
viene un coche de frente, por un acuerdo tácito, se para y te deja pasar.
¡Alucina, vecina!
A las cinco horas paramos a comer en un “restaurante” perdido donde
Dios dio las tres voces, en medio de una exuberante cañada. El establecimiento
es un galpón con paredes de madera donde nos pusieron las
cervezas a temperatura ambiente (temperatura ambiente selvática entiéndase) y
comimos un filete de chancho (cerdo) con arroz mientras las gallinas del dueño
picoteaban a nuestro alrededor. Por cierto, años hacía que no veía a una
gallina clueca picoteando en el suelo, contorneándose toda ufana con toda su
pollada tras ella imitándola y pisándole los talones. Me enterneció la imagen.
En los últimos cien kilómetros el paisaje vuelve a cambiar por completo
y empezamos a subir hacía los Andes, en la frontera con la selva. El follaje va
despareciendo y la carretera vuelve a empinarse, un constante subir y bajar
para ir sorteando los muchos desfiladeros y barrancos que hay por estos
parajes. Los kilómetros finales, antes de la última subida que nos lleva a
Chachapoyas, se hacen en paralelo junto al caudaloso y trepidante río
Utcubamba, en un cañón espectacular.
En muchos tramos la carretera está empotrada en la pared rocosa, en
semituneles hechos a base de pico y pala. A las siete de la tarde, después de
más de ocho horitas de ajetreo, cumbias, curvas y leche en pepitoria, llegamos
por fin a Chachapoyas y nos instalamos en el hotelito que tenemos reservado;
chiquito, humilde, pero con una señora encantadora que lo regenta y hace
prácticamente de todo.
Chachapoyas se yergue en la vertiente oriental de la cordillera de los
Andes, en una planicie de la cuenca del río Utcubamba. Su nombre proviene del
vocablo nativo “sachapuyos” que
significa ‘hombres de la neblina’, atribuyéndole este nombre por la densa
neblina que habitualmente cubre el cerro de Puma Urco, el cual se encuentra junto
a la ciudad. En un lejano y heroico antaño los “Chachapoyas” se unieron a “nuestros
mejores amigos los españoles” contra el Inca.
La ciudad está en fiestas patronales en honor de Santa Asunta, y hay
una enorme animación en la plaza principal, engalanada junto a algunas calles
que dan a ella para la ocasión. Mucho espectáculo callejero años ochenta,
bastante chabacano desde nuestro europeísta punto de vista y basado en las
burlas y mofas de los que se prestan a participar
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Plaza Mayor de Chchapoyas |
Estamos tan cansados del viaje que damos una somera vuelta por el
centro, buscamos un buen restaurante donde tomarnos unas birras heladas, comer
algo para reponer fuerzas, y nos vamos a la cama a dormir como unos benditos.
Ni nos enteramos del ruido de los fuegos artificiales que hubo, y eso que el
hotel está muy, muy cerca de la plaza.
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De paseo por una de sus calles |
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Eva en un patio tradicional |
Mi habitación está en la planta baja y da a un enorme y desangelado
patio interior. A eso de las cinco de la mañana un puñetero gallo, salido de no
se sabe dónde, se pone a cantar al lado de mi ventana. Me asomo y lo veo allí,
todo chulapo y encrespado, lanzando su desafío mañanero a todo bicho que ose
retarlo. Tentado estoy de saltarme e intentar trincarlo para apaciguar su furor
y que me deje dormir en paz, pero no me atrevo. A la madrugada siguiente y a la otra, cuando se repite la matutina
historia, me arrepiento por mi cobardía.
El día
siguiente, aprovechando que es domingo, tenemos excursión a la catarata de
Gocta de 771 m (en dos caídas, una de ellas de 540 m.) lo que la ubica en el
lugar n.º 15 en la lista mundial de cascadas. Si se cuenta sólo la caída de 540 metros,
entonces resulta que es el séptimo salto más alto del mundo en una sola caída
libre. Lo mismo da que da lo mismo, el caso es que es una catarata de padre y
señor mío, y eso que estamos en temporada seca. Para ver la chorrera, como le dicen por allá, nos
llevan en autobús hasta el pueblecito de Cocachimba del que parte un sendero de
ocho kilómetros que lleva hasta el pie de la cascada.
Durante todo el trayecto el guía no deja
de decir que la excursión exige un buen nivel físico y que hay constantes
subidas y bajadas durante las seis o siete horas que se tarda en ir y volver. A
quien quiera se le ofrece la oportunidad de hacer casi todo el trayecto a lomos
de caballos que los aldeanos te alquilan por cuarenta soles. A la ida solo dos
de los casi cuarenta que estamos se deciden a alquilarlos.
Mi hija
durante el trayecto en el bus a Cocachimba se ha sentido malucha y hemos tenido
que parar para que vomitara; ya ayer noche no se encontraba muy bien y no quiso
cenar, lo que es un auténtico milagro en ella.
Hemos empezado la excursión con todos los ánimos del mundo, como
campeones dispuestos a comerse lo que se le ponga por delante a mordiscos
rabiosos, pero que va, todo el fuelle se nos fue por la boca. Rocío y yo nos
empezamos a quedar atrás con las primeras subidas, ella porque está muy floja y
yo porque me pesan mucho los años y sobre todo los kilos. A los dos kilómetros
hemos tirado la toalla y los dos nos hemos vuelto hacía el pueblo, y allí nos
hemos instalado cómodamente en la terraza de un hotelazo de lujo con unas
vistas a la cascada de escándalo. Yo me he refrescado del sofoco con cervecita
fría y mi niña con su Coca Cola Zero de rigor.
Dos butacones donde estirar los pies y un paisaje de ensueño. Entre
trago y trago me mentalizo que nada más comenzar el curso empiezo mi
vigesimoprimera dieta. Esta vez la buena, sin duda.
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Vista de la catarata desde el hotel |
Si a la ida sólo dos personas iban a caballo, a la vuelta la historia se
cuenta de otra forma. A la vuelta son un
montón de ellos los que vuelven montados sobre las bestias, vamos casi todos
menos las más aguerridas y valientes, Eva, Ana y Eva entre ellas.Los lugareños,
astutos como zorros, tenían una remesa de caballos a los pies de la catarata
sabedores de que muchos se rendirían a la comodidad. No se equivocaron ni un
pelo. ¡Cómo nos conocen los jodios!
Cuando, al cabo de una eternidad, aparecen las tres chicas, lo hacen
con una enorme cara de satisfacción, orgullosas de haberlo logrado y encantadas
con la experiencia. Encima han tenido la oportunidad de haber visto un rojo “tunqui” o gallito de las rocas.
Almorzamos
en el pueblo en un restaurante en el que previamente antes de la salida
habíamos concertado el plato que queríamos a elegir entre tres opciones
cerradas que nos daban, cerradas y bien cerradas. Si el plato era con papas
cocidas y tú lo querías con patatas fritas, nanay de la China, de cambios nada
caballero, y no insista usted que no hay nada que hacer. Son tela de cerrados y
no hay forma de que admitan cambios. Durante la cena de la noche anterior en La
Tushpa, cuando pedimos los platos de la comanda, le dijimos al señor
que nos atendía que no nos pusiesen ensalada, aunque en la carta venía como
guarnición. Como el que oye cantar morena, cuando nos trajeron a la mesa las
viandas, estas, como no podía ser de otra forma, venían acompañadas de su
montañita de ensalada. Incorregibles; si aquí pone esto, esto es lo que hay y
chitón.
A la vuelta la que se puso
indispuesta fue Ana, con un golpe de calor que hizo que nos llevásemos un buen
susto, pero que, gracias a Dios, se quedó en agua de borrajas.
De vuelta al hotel, y después de
la ducha y el descansito reparador, salimos a dar unas vueltas y nos fuimos a
cenar a un restaurante que nos habían recomendado dos vascos con los que pegué
la hebra mientras esperaba a que las mujeres volvieran de la excursión (los
vascos fueron y vinieron a caballo, por lo que llegaron con bastante antelación).
Me lo vendieron muy bien, con la única pega de que eran un poco lentos, cosa
que por lo visto es bastante común ya que la noche anterior también nos pasó a
nosotros en otro restaurante diferente.
El restaurante se llama El
Batan del Tayta y es bastante extraño en cuanto a decoración y
mobiliario. Cuando llegamos estaba casi vacío; apenas un par de mesas ocupadas.
Nos atiende una chica y nos da una escueta carta para que elijamos. Mientras
vemos la sucinta carta, nos pedimos unas cervezas y le pedimos a la chica que
nos ponga un ceviche de trucha. Después de mirar y remirar los platos que hay
en la carta, no nos decidimos por ninguno de ellos. Sin embargo, los cuatro
comensales que están en la mesa de al lado y que están alojados en el mismo
hotel que nosotros, están disfrutando de unas esplendidas viandas en unos
originalísimos platos. Llamamos a la camarera y le preguntamos por lo que están
comiendo nuestros vecinos, nos dice qué es pero nos especifica que eso no está en la carta, que ellos lo
encargaron por la mañana para que se los tuvieran preparado. Porca
misería. Al cabo de cuarenta minutos, sin exagerar, y después de pensar que
estarían pescando las truchas, nos traen nuestro ceviche en un barquito, muy
mono todo, monísimo de la muerte. Cuando nos abalanzamos sobre él y empezamos a
deshacer la enorme montaña de cebolla picada que lo cubre buscando los trozos
de trucha, esta no aparece ni por asomo; desaparecida en combate. Apenas dimos
con tres o cuatro trocitos del tamaño de la uña del dedo meñique. Con cara de
pocos amigos lo devolvimos no sin antes pegarle una buena bronca a la camarera.
Mucha cebolla y pocas nueces, digo trucha |
Nos largamos con viento fresco y acabamos comiendo una pizza (yo no,
evidentemente, yo me comí una parrillada de carne) en un bar donde ondeaban una
ikurriña y una estelada. A llegar al bar y ver las banderas empezamos con el
cachondeo de que les faltaba una de La Republica Libre de Triana. Cuando casi
estamos acabando de cenar nosotros cuatro, a Eva no le habían traído aún su
pizza por lo que llamamos a la camarera y le preguntamos por la tardanza, y nos
dice la cuajona que es que se ha acabado el queso. Mi mujer se acostó sin cenar
y con un mosqueo de madre y señora mía. Yo creo que se lo hicieron a posta por
el cachondeito de la bandera trianera.
El siguiente día nos toca trabajo. Es jornada laboral para Eva y Ana,
que van a visitar a unos alumnos que están colaborando en un colegio para niños
con necesidades educativas especiales, a la vez que enseñan técnicas
específicas a las profesoras cuidadoras de dichos niños. Nos trasladamos hasta
Mendoza a apenas 75 kilómetros de Chachapoyas, pero que suponen casi tres horas
y media de viaje.
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Me cago en los coyuntus neus de la carreterita |
Si antes ya hemos transitado por carreteras de montaña en las que es
mejor rezar, esta que cogemos ahora es de auténtico pánico. Como dice el dicho,
no se la deseo ni a mi peor enemigo. La carretera no mide más de cuatro metros
de ancho y evidentemente no caben dos coches más que en algunos lugares donde
expresamente hay ensanchamientos para ello. Esto no sería un gran problema si
la carretera transitara por un lindo llano, pero claro, no es el caso.
El camino discurre por las laderas de montañas tela de altas y siempre
a uno de los laterales de la carretera hay un precipicio de carajo. Yo voy al
lado del chofer que se sonríe cada vez que hago gestos de miedo, que es
constantemente y eso que a la ida el precipicio lo tengo en el lado contrario
de donde voy sentado. A la vuelta, le cedo gustosamente el sitio a mi hija y,
no contento con eso, cuando transitamos por esa zona voy con los ojos bien
cerrados haciéndome el dormido. Me
comenta el chofer que para carretera espectacular la de Cajamarca, que a esa no
hay ninguna que le eche la pata. ¡Por Dios, no me lo quiero ni imaginar!
Antes de cada curva se pita copiosamente para avisar si viene otro
vehículo de frente, menos mal que son apenas una decena de kilómetros; luego ya
entramos en valles y zonas no tan abruptas. Durante muchos kilómetros vamos en
paralelo a un caudaloso río (aquí todos los ríos llevan agua por un tubo) y me
sorprende no ver a nadie pescando. De hecho en todo el tiempo que llevo en
Perú, sólo he visto a dos niños pescando con un sedal amarrado a un largo palo
en un riachuelo junto a Cusco. Intrigado le pregunto al chófer y me contesta
que los avíos para pescar son muy caros y que nadie pesca con caña; la
modalidad que se utiliza es con explosivos. Tiran un cartucho de dinamita y la
onda expansiva mata todo lo que hay alrededor de donde cae, luego no hay más
que recoger los peces a medida que van saliendo, ya cadáveres o simplemente
aturdidos, a la superficie del agua. Apostilla la conversación diciendo que eso
lo hacen solo algunos años, que luego hay que dar unos años de estricta veda
para que la población pueda reponerse de las bajas sufridas. Menos mal, me
tranquiliza lo de la veda.
Pasamos por un palmeral, El bosque de palmeras de San José y Ocol, que
es una monería, una preciosidad, de estampita para poner como fondo de pantalla
del ordenador. Estas palmeras no dan fruto alguno que se pueda aprovechar y su única
utilidad es para hacer tablones con la madera de su tronco hueco; de hecho
todas las vallas que vemos durante el camino están hechas con este material.
Tanta cantidad de palmeras y ni un mal dátil que llevarse uno a la boca.
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Palmeral de San José |
Pasamos la mañana en EL CEBE Virgen del Carmen, un Centro de Educación
Básica Especial, viendo el trabajo que allí se desarrolla y en posteriores
reuniones. El CEBE es
una institución educativa que atiende con un enfoque inclusivo a los niños,
niñas y adolescentes con discapacidad severa y multidiscapacidad en los niveles
de inicial y primaria.
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Con los niños del Virgen del Carmen |
Por la tarde, ya de vuelta al
hotel en Chachapoyas, seguimos con la rutina de siempre; ducha y un ratito de
descanso, aunque Eva y Ana no pudieron descansar ya que se tuvieron que ir
pitando a una cena de trabajo con el director de la DREA (Dirección Regional de
Educación de la Amazonía).
Rocío, Eva y yo nos fuimos a patear la ciudad y buscar un buen sitio
para cenar, lo que por cierto, nos costó bastante pues nos encontramos muchos
establecimientos cerrados. Se ve que, una vez acabada las fiestas patronales,
los negocios se toman unos días de vacaciones como en todos los lugares del
mundo.
A las diez acurrucaditos y frititos entre las sábanas.
Me duermo pensando en el puñetero gallo.
Mañana toca el retorno a Tarapoto.
Otras siete horitas de traqueteo
en la van y cumbia tormentosa.
Ronco como un bendito.
Posdata: Nos hemos quedado con las ganas de hacer una excursión a
Kuélap, importantisimo sitio arqueológico preinca con una curiosísima cultura
funeraria. Monumento grandioso de más de 600 metros de largo y con murallas de
hasta veinte metros de altura situado en lo alto de una pared rocosa a 3.000
metros de altitud. En mi próxima visita no me lo pierdo de ninguna de las
formas.
La encantadora señora del hotelito donde nos hemos quedado nos lo
aconsejó efusivamente y puso cara de no comprender nada cuando desistimos de
hacer la excursión; pero el tiempo es el que es y, sintiéndolo de corazón, no
nos ha sido posible.
Otra vez será.
Sirvan estas espectaculares imágenes
sacadas de internet de consuelo:
Querido amigo, Chachapoyas rima con....
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