VALLE SAGRADO
En
un plis hemos estado de quedarnos sin ver Machu Pichu, vamos, es que lo pienso
y me da el telele. En Cusco, a tiro de piedra de una de las maravillas del
mundo y no poder ir visitarlo hubiese
sido algo grotesco y jodidamente puteante. Un mes largo con el tour completo
pagado, billetes de tren sacados, hotel en Aguas calientes, tickes de subida de
autobús, entrada en el recinto, todo todito organizado y bien organizado con la
empresa Mapi Adventures, y dos días antes va la representante de la empresa y
nos dice que los guías se han puesto tres días de huelga por el precio abusivo
de los autobuses que hacen la subida y bajada de Machu Pichu (24 dólares para
los extranjeros y 15 para los nacionales), que han cortado con una barricada la
carretera y por tanto nadie puede acceder a Aguas Calientes, y si no llegas
hasta allí no hay nada que hacer. Ella sospecha que la cosa se arreglará, pero
de todas formas nos recomienda que recemos a ver si los dioses se apiadan de
nosotros.
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Machu Pichu |
A muy última
hora se desconvoca un día de huelga y eso nos permite hacer el tour que
teníamos programado, aunque un día más tarde de lo que pensábamos, lo que nos
va a impedir tener un diita de descanso antes de volver a Lima: primer día
Valle Sagrado y tren, pernoctando en Aguas Calientes, segundo día subida a
Machu Pichu, tren de vuelta y autobús a
Cusco. Palizón garantizado, pero el que algo quiere algo le cuesta.
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Va lle Sagrado |
El Valle
Sagrado de los Incas está compuesto por numerosos ríos que
descienden por quebradas y pequeños valles; posee numerosos monumentos arqueológicos y
pueblos indígenas. Este valle fue muy apreciado por los incas debido a sus
especiales cualidades geográficas y climáticas. Fue uno de los principales
puntos de producción por la riqueza de sus tierras y lugar en donde se produce
el mejor grano de maíz de todo Perú.
El Valle Sagrado está comprendido entre las poblaciones de Písac y
Ollantaytambo,
y transcurre paralelo al río Vilcanota
Ya
no tenemos ni que poner el despertador de tan cogidas como tenemos las horas.
Vienen a recogernos diez minutos antes de la hora y no en bus, sino andando, y
sin solución de continuidad y a toda leche nos llevan a una calle porticada
posterior a la Plaza Mayor. Allí nos
dejan junto a un numerosísimo grupo de personas en manos de un guía y nos hacen
esperar al menos una hora mientras llega gente y más gente. No dejan de salir
autobuses repletos de turistas a medida que estos se van llenando. Por fin,
sobre las nueve, nos montan en un autobús y emprendemos la marcha. Mal empieza
la cosa, la empresa organizadora del tour nos garantizó que éramos quince e
iríamos en un microbús. Somos al menos el doble y el autobús ha conocido
tiempos mejores.
A la hora de
empezar el viaje nos paran en un pequeño poblado donde hay un mercado con las
cuatro cosas de siempre y sus correspondientes mujeres con las llamas y alpacas
de rigor. Estamos más de media hora perdiendo míseramente el tiempo, aunque eso
sí, no nos podemos sustraer a inmortalizarnos con las fotos de rigor. Una de ellas no escupía, pero al
menor descuido te arreaba un mordisco.
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La que está detrás de Eva te mordía al menor descuido |
El guía es un
inepto total que no nos proporciona la más mínima información interesante, solo
lugares comunes y control de quien lleva las entradas pagadas para las distintas
visitas. Cuando llegamos a nuestro primer destino, Pisac, en lo alto de unas
impresionantes montañas, ya hay más de cien autobuses visitando el lugar y
tenemos que aparcar a casi un kilómetro de la entrada. Una hora de visita es
todo lo que tenemos. Ya en el recinto, el guía, en un intento de ganarse el
sueldo, nos da unas explicaciones que de malas que son, nos da hasta risa.
Confirmación de que Jimmy, nuestro guía, es un incompetente caradura de mucho
cuidado. Ejemplo de su ineptitud: Nada más salir de Cusco y a la vista de un
bosque de eucaliptus comenta que fueron “nuestro mejores amigos los españoles”
los que hicieron la locura de introducir la especie en tiempos de la conquista.
De modo que en España se introduce a finales del siglo XVIII y nosotros ya en
el siglo XVI ya lo estábamos llevando a Perú. Y así todas.
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Impresionante las terrazas de cultivo de maíz en la montaña |
Visitamos las
ruinas del Parque Arqueológico por nuestra cuenta, a nuestro aire. Los
estudios indican que se trató de la hacienda real del inca Pachacutec (de nuevo
aparece el amigo Pachacutec). El parque incluye espacios para uso doméstico y
otros ceremoniales. Está conformado por numerosas plazas y barrios, compuesto
por edificaciones rusticas de piedra construidas al borde de los
precipicios. Tiene dos barrios principales: Qantus Racay para
los agricultores y Amarupunku que es el barrio ceremonial, construido en
estilo trapezoidal, destinado a la
nobleza. Hay una tercera parte religiosa pero no se puede visitar por lo
peligroso del sendero que lleva hasta ella (el año pasado un turista se desnuco
al resbalarse cuando transitaba por el sendero). Toda la ciudad está rodeada de atalayas y puntos de observación y
defensa, así como por innumerable andenería. Pero lo más impresionante está
fuera del complejo, las inmensas terrazas escalonadas sobre las interminables
laderas perfectamente conservadas dan muestra de la perfección e importancia de
los cultivos agrícolas en la vida cotidiana inca.
Memorable y
sobrecogedor.
Vuelta
al bus y al ratito de nuevo nos paran, esta vez en un taller de orfebrería
especializado en plata donde nos vuelven a tener otra media horita para, según
palabras del amigo Jimmy, que observemos el fino trabajo artesanal de los
orfebres. Yo he venido a ver ruinas incas, no a ver a un tío martillear una
bolita de plata para hacer unos pendientes. Me estoy mosqueando un taco y no
dejo de mirar el reloj; a este paso no estamos a las cuatro y media en la
estación de Ollantaytambo para coger el
tren. Se lo comento al guía y el cabroncete intenta no darle importancia con un
escueto “no problema”.
De
nuevo en el bus y, sorpresa, se nos monta un vendedor ambulante que micro en
mano nos da una disertación sobre las
infinitas bondades digestivas de una bebida elaborada con anís que su familia
fabrica desde tiempos incas. Logra vender cuatro o cinco minúsculas botellitas
a veinticinco soles a alguno de los tontajos que nos acompañan en el viaje.
Paramos para comer y ya son las dos. El sitio está muy bien y la comida
bastante buena, la cerveza mejor. Son las tres y sigo con la mosca detrás de la
oreja, aunque ya no es una mosca, es todo un bullicioso enjambre de ellas
zumbándome al oído. Nos falta todavía por visistar las ruinas de Ollantaytambo
(la joya del Valle Sagrado) y no me cuadra el horario. Vuelvo a insistir al
guía y puñetero el caso que me hace. Tal como me temía, entre que nos montamos
en el bus y hacemos el camino, cuando
llegamos son casi las cuatro. Jimmy nos dice que recojamos las mochilas y las
llevemos con nosotros en la visita y que de allí nos vayamos directamente a la
estación.
- ¡Ah, pero
no nos llevan ustedes a la estación en el bus!. En las condiciones del tour
pone que nos dejarían allí.
- No, lo
siento, pero nosotros no prestamos ese servicio. Los autobuses no bajan a donde
el tren.
Como insisto y no estoy de acuerdo apostilla:
- Si tiene
alguna queja diríjase usted al tour-operador con el que contrató la visita.
Para mis
adentros pienso “joputa, ¡te vas a
enterar! como rabo de perejil te voy a poner en las redes sociales”
Dejo de
discutir para no perder ni un minuto más, ya que tenemos el tiempo justo para
dar una vuelta por la parte baja del recinto, y morirnos de envidia viendo al
tropel de gente subiendo a las estructuras principales.
Ollantaytambo,
centro militar, religioso y agrícola, es uno de los complejos arquitectónicos más
monumentales del antiguo Imperio inca,
comúnmente llamado «Fortaleza», debido a sus descomunales muros. Fue en
realidad una ciudad-alojamiento, ubicada estratégicamente para dominar el Valle Sagrado de los Incas.
Construido por el emperador Pachacútec (este tío era un fenómeno)
protegía el valle de las posibles invasiones de los pobladores de la cercana
selva. Por desgracia y como ya he comentado lo pudimos disfrutar muy poco antes
de salir por patas hacía la estación. Eso sí, antes de irme, le dije dos
palabritas al nefasto guía al que por un oído le entraron y por otro le
salieron.
Para ir a Aguas Calientes el único camino posible parte de aquí y se
hace por tren. No hay carreteras y sólo hay un sendero paralelo a la vía por la
selva como ruta alternativa, cuatro o cinco horas de caminata. No te cuento
nada, morena. Para jóvenes en forma y
con espíritu aventurero está muy bien, pero para un gordo sesentón como yo, la
cosa no está tan clara. El tren Inka Rail lo regenta una compañía francesa y es
la leche de caro para los extranjeros y eso que solo son apenas veinte
kilómetros de trayecto, pero es lo que hay; los peruanos tienen otro que solo
pueden utilizar ellos y que es muy, muy barato. Resumiendo, 72 dólares para
nosotros; unos pocos soles para ellos.
El viaje se hace muy largo, más de dos horas, y transcurre entre
angostas gargantas junto al Urubamba, un serpenteante y caudaloso río, al que
por cierto vimos nacer a 300 kilómetros de aquí en un nevero junto a la Raya
cuando hicimos el trayecto entre Puno y Cusco. Discurre entre escarpadas
montañas que poco a poco van cambiando de vestido, al principio rocosas y
desprovistas de follaje y lentamente, a medida que consumimos kilómetros, se
van vistiendo de maleza y árboles, apoderándose la selva de ellas hasta que
llega un momento en que esta se enseñorea por completo del paisaje. El trayecto
es tan escarpado y las montañas de laderas de granito que lo constriñen tan
altas, que desde el asiento del tren, cuando se mira el techo de cristal del
mismo, apenas se divisa el cielo, solo se ve un túnel verde y rocoso que se
eleva hacía arriba, hacía arriba, hasta perderse de vista difuminándose en las
alturas. Una autentica pasada viendo la en las alturas la selva y la nieve al
mismo tiempo.
El tren es cómodo y nos agasajan con un aperitivo y algo de picar. Yo
estoy sentado con un matrimonio mejicano más o menos de mi edad que, al igual
que nosotros, están de visita turística. Nada del otro mundo sino fuera porque
los acompaña un hijo como de veinte y algo años con la mirada perdida, que
apenas puede andar, y con un evidente problema neurológico. Ya para subir al
tren lo han tenido que ayudar, no me imagino como harán para subir a Machu
Pichu. Me impresiona su determinación y entereza. Nos tiramos un largo trecho hablando de Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera,
el póker de ases de la política española; las estrellas mediáticas del último
año electoral. Hasta los mejicanos, estupefactos, comentan con cara de asombro los
grotescos avatares de nuestros políticos.
-¿Pero de verdad va a haber unas terceras elecciones?
- ¿Tercera dices? A ver si
hay suerte y nos quedamos en eso
Aguas Calientes es turismo puro y duro
y estación fin de viaje. Aquí se viene con el único objetivo de subir al Machu
Pichu, que no es moco de pavo. Se llega, se duerme, y al día siguiente uno se
larga con viento fresco. Tres largas calles que flanquean un caudaloso torrente
lleno de enormes rocas caídas; tres
largas calles donde casi todas las casas son restaurantes u hoteles y están
abarrotadas de turistas.
El pueblo está hasta las cachas de
extranjeros, un Babel multirracial, se
oye hablar en todos los idiomas posibles y hay pintas de todas las
calañas. El hotel que nos ha
proporcionado la agencia no es nada del otro mundo, pero tiene cómodas camas y
una buena ducha que es lo único que necesitamos. Aseo, un pelín de descanso, y
a tomar una cervecita con algo de picar antes de acostarnos.
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El pueblo en medio de feraces montañas |
En uno de
los muchos restaurantes, apenas a veinte pasos del hotel, un chico nos convence
ofreciéndonos la cerveza heladita a cuatro soles y ante tan irresistible
proposición allí que nos aposentamos. La primera cerveza perfecta, y encima
viene acompañada de unos nachos con guacamole, así que no nos lo pensamos y
pedimos la comanda. Al cabo de media hora no había señales de vida por ningún
sitio, como si estuviesen pescando los peces para poder cocinarlos. Algunos de
los comensales que hay en las mesas contiguas tienen el mismo problema y se
están largando con caras largas entre protestas, cansados de la espera. Después
de llamar al camarero en un par de ocasiones y manifestarle nuestro malestar
por fin nos traen la comanda y no está mal (excepto la pizza de mi hija, que
pidió una “al gusto” donde elijes los
tres ingredientes que quieres para aderezarla, y le pusieron los que buenamente
les pareció a ellos, eso sí, sin acertar
ni en uno de los tres). A la hora de pedir la cuenta observo ojiplático que en
la cuenta ponen un cargo de 26 soles por el servicio y encima me quieren cobrar
un suplemento del 8% si pago con tarjeta. Nati de nati, colega, discusión con
los dueños y al final no les pago los 26 soles ni el ocho por ciento que me
querían colar de vaselina, faltaría más.
Duermo como
un bendito pensado en el día de mañana.
MACHU PICHU
En octubre de
1943 el poeta chileno Pablo Neruda hace durante cuatro días la ruta del inca y sube a Machu Pichu. Tan
profunda impresión le causó que le inspiraron una de las quince secciones que
componen su Canto General, uno de los poemas fundamentales de la literatura
universal del siglo XX:
"Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo"
La experiencia no
es para menos, el problema es que yo no soy Pablo Neruda.
A
las cinco de la mañana me despierta un jaleo en la calle de padre y muy señor
mío. Al principio, aún somnoliento, pienso que todavía algún grupo de
empedernidos noctámbulos está de celebración, pero el ruido es distinto,
monocorde, como de muchas conversaciones a la vez. Picado por la curiosidad me
asomo a la ventana y observo estupefacto como toda la plaza es una inmensa cola
de gente en ropa y calzado de montaña y con su mochila al hombro. ¿Qué leches están haciendo estos tíos aquí a
estas horas? Me pregunto no muy seguro de lo que estoy viendo. Multitud de
banderitas multicolores ubican a los distintos guías que se reparten entre la muchedumbre que conforma la cola.
Esto
no sería nada extraño si no fuera porque estamos en la otra punta del pueblo, a
casi un kilómetro de la estación donde se cogen los autobuses para subir a
Machu Pichu. Los primeros autobuses empiezan a subir a las seis y media y son
los más solicitados para poder ver el amanecer desde lo alto de las montañas, y
las colas para cogerlos empiezan entre las dos y las tres de la mañana.
Nosotros hemos quedado con nuestro guía arriba donde nos dejan los autobuses;
él nos esperará en la entrada del recinto a las once de la mañana, así que no
tenemos prisa y nos lo tomaremos con calma. Desayunaremos tranquilitos y cuando
amaine el temporal ya nos pondremos en cola.
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En una de esas montañas está Machu Pichu |
Cuando
a las ocho nos incorporamos a la riada humana todo seguía exactamente igual, en
el mismo punto, y en ella nos pusimos dispuestos a esperar estoicamente lo que
hiciese falta. Dos horas y quince minutos fue lo que hizo falta, que se dice
muy pronto. Dos horas y quince minutos para acomodarnos en el bus que nos
llevaría al cielo inca. Qué alegría cuando por fin llegamos a nuestros asientos
en el autobús. Nos relamíamos solo de pensar que dentro de un ratito
llegaríamos al que sin duda era nuestro primer objetivo turístico en Perú.
Comenzamos el recorrido de apenas nueve kilómetros y yo no pierdo detalle, los
ojos como platos. Al principio seguimos una carretera monísima perfectamente
asfaltada junto al río Vilcanota, pero poco a poco la garganta se va cerrando y
lo único que se ve son paredones de granito de muchos cientos de altura y
montañas que ríete tú del abuelo de Heidi.
Cruzamos un
puente y por arte de birlibirloque desaparece el asfalto y este es sustituido
por una pista de tierra de no más de cuatro metros de ancho y que tira para
arriba como las cabras tiran al monte. La carretera se convierte en un
constante zigzag por una ladera que ni los muflones transitan. ¡Qué
sufrimiento! Y cuando tenía que tomar una curva no te cuento; el morro del
autobús fuera, en el aire, y yo con los ojos cerrados y agarrado al asiento
delantero con tanta fuerza que los nudillos los tenía morados. Hasta mi mujer
que tiene menos vértigo que un halcón peregrino está acojonada.
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La carreterita de los cojones |
Cada cierto
trecho hay pequeños ensanches. Un camión cisterna riega constantemente la pista
para compactar la tierra y que no se produzca polvo. Los conductores de los quince buses que
constantemente suben y bajan transportando mercancía humana van conectados por una emisora y avisándose constantemente
de por dónde van para que al cruzarse el que baja espere al que sube en uno de
esos ensanches. Todo hipotéticamente muy bien estudiado y coordinado. Bueno,
pues a la vuelta el cabroncete que nos bajaba se saltó el protocolo y nos
encontramos con un bus que subía en una de las curvas; frenazo, discusión entre
los conductores y el tío que se pone a darle marcha atrás a un autobús de
veinte metro en un maldita trocha donde apenas cabe, y con un precipicio del
carajo precisamente en el lado en que yo iba sentado. Del cague que me entró,
se me quitó el agnosticismo de un plumazo y retorné a mi tierna infancia cuando
rezaba padrenuestros compulsivamente para que algo no sucediera.
En fin, que el
trayecto Aguas Calientes-Machu Pichu en bus tiene cojones para los que no somos
muy amantes de las carreteras de alturas con cortados laterales y precipicios sin fondo, que le quitan el hipo
a una cabra montesa.
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Mi hija y yo con el guia |
Una vez arriba
te olvidas de todo. El guía se presentó a la hora acordada y todo salió a pedir
de boca. Un par de horas inolvidables en un sitio maravilloso y asombroso.
Machu Picchu
habría sido una de las residencias de descanso de Pachacútec
(hasta en la sopa aparece este). Sin embargo, algunas de sus mejores
construcciones tienen un origen anterior y una presumible utilización como
santuario religioso. Es considerada al mismo tiempo una obra maestra de
la arquitectura y de la ingeniería. Sus
peculiares características arquitectónicas y paisajísticas y el velo de
misterio que ha tejido a su alrededor buena parte de la literatura publicada
sobre el sitio, lo han convertido en uno de los destinos turísticos más
populares del planeta. Ese día, después de estar cerrado por la huelga, estaba
abarrotado, no menos de diez mil personas disfrutaban de él, haciendo
complicado sacar una foto con un mínimo de intimidad.
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Distintas imágenes de nosotros en el mágico lugar |
Machu Picchu
está en la Lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde
1983, y desde el 7 de julio de 2007 está declarado como una de las nuevas siete maravillas del mundo
moderno gracias a una votación que contó con la participación
de cien millones de votantes en el mundo entero. Yo lo vote y ahora me alegro
infinito de haberlo hecho. También voté por las ruinas mayas de Chichen Itza,
que tuve la enorme suerte de visitar: Eva y yo solos en todo el recinto a las
seis de la mañana amaneciendo, hace ya
algunos añitos. Si tengo que quedarme con alguna de las dos experiencias me
quedo con esta. Una vivencia inolvidable y multitud de sensaciones que te
inundan, te colman y a la vez te empequeñecen. El complejo es tan mágico y
enorme, el sitio es tan disparatado, hay tal cantidad de cosas que ver, que te
mueves como en trance, con todos los sentidos alertas y a la vez confusos,
dudando de que realmente pueda existir una maravilla como esta en un sitio tan
inaccesible e ignoto.
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Intipunku, la puerta del sol. Entrada original en Machu Pichu |
En un momento
de la visita me encuentro con mi amigo el mejicano que, acompañado de un
ayudante, está visitando el recinto en compañía de su hijo, al que llevan
cogido cada uno de ellos por una axila para ayudarlo en su penoso caminar. La
madre no va con ellos y luego en la estación me comentan que durante la visita
se iban turnando para hacerla más llevadera. ¡Ole tus huevos y tus ovarios!
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Impresionante como tallaban las piedras |
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Llama comiendo en las terrazas del contrafuerte de la ciudadela |
A las dos
horas Eva y yo decidimos volver tranquilamente hacía los bares que hay en la
entrada del recinto para tomarnos una cerveza. Eva, Ana y Rocío se quedan para
dar otra vuelta, pasear y hacerse fotos. La cusqueña nos la clavaron bien, casi
cinco euros por una botella de un tercio, pero nos supo a gloria. Vemos que ya
hay muchísima gente esperando el bus de bajada y nos ponernos en la inevitable
cola. Si la subida en bus fue como fue,
que fue tela marinera, no te cuento nada de la bajada. Infarto puro y duro.
Ya en el
pueblo almorzamos en otro restaurante distinto al de la noche anterior y de
nuevo tuve que discutir con la dueña que me quería cobrar por el servicio. Te
atienden como el culo y encima te quieren cobrar como si te sirviesen en Arzak.
.“Te quie i ya pa í”
Volvimos al
hotel donde tuvieron la deferencia de dejar que nos refrescásemos y descansar
una horita en la sala de espera mientras hacíamos tiempo para coger el tren de
vuelta.
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Montañitas que rodean Machu Pichu |
El viaje en
tren duró más de la cuenta, por alguna razón que se me escapa y que eludieron
decirnos. Durante largos periodos estuvimos parados en la vía sin motivo
aparente. Ahora me ha tocado sentarme con una familia granadina (padre, madre e
hija) que están aprovechando que la niña ha estado estudiando en Bogotá para
venir a visitarla y de camino pegarse una tournée por estos lares. Congeniamos
rápidamente y nos llevamos todo el viaje hablando sin parar. El padre, antiguo
camionero reconvertido a empresario exportador de frutas, me comentaba la
obsesión que tiene en fijarse en todos los detalles que pueden hacer que un
viaje salga mal.
- Mira Ricardo, ¿a que no sabes en lo primero
que me fijé cuando subimos a Machu Pichu? En las ruedas de los autobuses. Mis
camiones van perfectamente calzados, bueno, pues las ruedas de los autobuses
que nos subían y bajaban tenían pequeños “tomates”, que en un momento dado al rozar con una piedra o con la
rueda de otro autobús pueden reventar. ¿Tú te imaginas que revienta una rueda
en una de esas curvas allá arriba? Con cucharilla nos tienen que recoger. No
queda de nosotros ni carnaza para los gallinazos negruzcos estos que tantos hay por aquí.
Y a mí, solo
de imaginarlo, me entraban sudores fríos. Vamos, que si hablo con este tío
antes de coger el autobús, me niego en redondo y me uno a la retahíla de
visitantes que hacen la subida y posterior bajada a pie. Aunque claro, todavía
estaría subiendo y tampoco es plan.
Y terciaba la
mujer:
- Es que es un agorero, Ricardo, un agorero.
Yo creo que lo hace por fastidiar,
siempre igual. Menos mal que ya no le hacemos caso, ¿verdad niña? Sin ir más
lejos, el otro día en Bogotá cogemos el teleférico y en lugar de mirar el
paisaje se dedica a mirar fijamente el cable
que lo sujeta y del que va colgado el teleférico y va y me suelta ¿te
has fijado en que el cable de acero tiene pelillos sueltos? ¡Será malaje!
-Que no lo puedo evitar Ricardo, que no lo
puedo evitar. Que me monto en un avión y lo primero que hago es mirar los
remaches de las alas a ver si falta alguno.
Y el
cabroncete se reía con una risa compulsiva y contagiosa.
Llegamos a Ollantaytambo
ya de noche y yo, después de la aciaga experiencia con mi amigo Jimmy, no las
tenía todas conmigo, dudaba de que nos estuviesen esperando para llevarnos de vuelta
a Cusco. Pero sí, nos esperaban y nos montaron en otro decrépito autobús que no
salió de la estación hasta un eterno rato después, hasta que se llenó por
completo después de arduos regateos con los pasajeros del tren que no tenían
contratado el regreso a Cusco, y a los que sangraron de lo lindo para darles un
asiento. Otras dos largas horas de viaje y como casi siempre, todos dormidos
menos yo, que no hay forma de que pegue un ojo en los viajes, ya sea tren,
avión, barco o autobús como era el caso. También es verdad que esto me permite
ver cosas que se le escapan a los demás.
Llegando a
Cusco, y cuando atravesábamos la zona montañosa que la rodea, esa que está
llenas de casitas, las favelas cusqueñas, observo una escena impresionante: al
menos treinta perrazos, pero perrazos, perrazos, rodean tres contenedores de
basura volcados y con todo su contenido desparramado por el suelo, y
prácticamente se están destrozando entre ellos para acceder a los mejores
bocados de la basura; una autentica manada de hienas ante la carroña pero sin
orden ni jerarquía, disputándose a dentelladas limpias los despojos de una
ciudad.
Al hilo de los
perros un comentario que se me escapaba. Cuando estuvimos viendo las favelas
con la ONGD ya nos sorprendió la ingente cantidad de perros que había por todos lados y la explicación que nos dieron fue
demoledora en su sencillez: “Aquí nadie tiene buenos cierres en las puertas ni tampoco
tiene seguro de robo; de eso se encargan los perros. Cada propietario tiene dos
o tres perrazos que velan por la seguridad de sus pertenencias mientras ellos
trabajan o están fuera. Campan a sus anchas y normalmente están echados en las
puertas de sus casas. Ni se te ocurra intentar entrar en una casa sin ir con alguien
de la misma” Sin comentarios.
Llegamos a
Cusco reventados a las doce. La Plaza aún bulle con los últimos viandantes,
muchos de ellos muy perjudicados etílicamente, después de una actuación que ha
habido en un enorme escenario montado delante de la catedral. Demasiado cansados para participar de nada, nos vamos
directamente a nuestras magníficas habitaciones que prácticamente no vamos a
disfrutar. Ducha y piltra, ya que al día siguiente cogemos a punta mañana el
avión de regreso a Lima.
¿Quién fue el
incauto que dijo que el verano era para descansar?
Gran relato que me ha tele-transportado casi 13 años atrás a mi visita a esos mismos parajes, tras leerte observo como no han cambiado un ápice las infraestructuras y sin embargo si que se ha incrementado el número de turistas. Como dices arriba todo se olvida y Machu Pichu te deja anonadado. Sin lugar a dudas es un lugar mágico.
ResponderEliminarTuristas por un tubo amigo mío, también es cierto que fuimos el día después de una huelga y eso incrementó notablemente la afluencia de gente; pero sencillamente maravilloso. Gracias por tu comentario
EliminarAcabo de llegar a tu entrada desde un comentario tuyo en El Pais. Que interesante articulo! Felicidades por haber podido visitar esa maravilla y por haber compartido tu andanza y fotografias con nosotros.
ResponderEliminarMe gustaria saber si hay que andar mucho para subir al Machu Pichu, ya que mi salud no es la que era (aun teniendo 36) y no puedo hacer grandes ni medianos esfuerzos.
Un saludo y felicidades de nuevo!
Gracias Francisco por tu comentario. Para subir no hay que hacer ningún esfuerzo, otra cosa es dentro de la fortaleza donde los desniveles son bastantes pronunciados, todo es cuestión de tiempo y de tomárselo con toda la calma del mundo. El lugar es mágico. Si de esfuerzos se trata te recomendaría Lago Titicaca e isla Taquile: http://detapasporsevillayotrascosillas.blogspot.com.es/2016/11/viaje-peru-entrada-3-puno-lago-titicaca.html.
EliminarHola Ricardo, yo también vengo desde el país. Ya veo que te ha tocado vivir la viveza peruana como dicen por allí. Yo estuve en Machu Pichu en 2011 cuando fuí a visitar a mi primo que por aquel entonces estaba estudiando allí. También estuvimos en el Lago Titicaca y para mi ha sido una de mis mejores experiencias vitales.
ResponderEliminarhttp://www.chelipinedaferrer.com/2012/04/06/lago-titicaca-una-de-mis-mejores-experiencias-vitales/
El año pasado estuve 3 meses en Lima pero esta vez por trabajo y aunque quería visitar muchos sitios que tenía pendientes al final sólo pude ir a Asia, a un condominio donde tiene una casa el genente de la empresa en la que estuve y a Arequipa. También aproveché para visitar algunos lugares de Lima que no conocía como Pachacamac.
Como hace poco fue la hija de un amigo a Lima por un voluntariado en un hospital (ella es anestesista) y me pidió que le diera algunas recomendaciones, le envié un correo-e que también publiqué en mi bitácora y del que te dejo el enlace.
http://www.chelipinedaferrer.com/2017/06/07/que-hacer-si-viajas-a-lima-peru/
Gracias por el apunte que has escrito, me ha traido muchos recuerdos.
Un saludo.